Por: Jaime Bautista Aquino.
Jeri cayó, los peruanos suspiraron, las redes ardieron, los opinólogos afilaron adjetivos como si fueran bisturíes morales. Y, como siempre, apareció el ritual nacional: indignación intensa, memoria breve. Porque en el Perú los escándalos no se procesan; se consumen.
Decir que todo fue un problema personal es el analgésico favorito. “Errores individuales”, “deslices humanos”, “falta de experiencia”. La política peruana ha perfeccionado el arte de convertir terremotos éticos en anécdotas administrativas. Patologizamos al protagonista, lo declaramos excepción, y el sistema —milagro estadístico— vuelve a quedar sano, puro, inmaculado. Como si el pantano pudiera producir lirios por accidente.
La juventud, esa palabra que usamos como absolución preventiva. “Era joven”, dicen, como si el poder fuera una práctica preprofesional. Como si gobernar el Perú admitiera modo tutorial. Curioso nuestro Perú: exigimos currículum para un empleo común, pero aceptamos improvisación para administrar un Estado, la experiencia se vuelve requisito solo después del desastre, cuando ya es demasiado tarde para el país y demasiado temprano para la autocrítica. Como es posible que Jose Jeri haya llegado a ser Presidente con tremenda “trayectoria delictiva” de traficante de influencias, coimero, violador, claro que era, el mejor representante del Congreso en Palacio, deslegitimado con el 95% de desaprobación, que se debate en el margen de error estadístico de más menos 3%.
¿Y ahora qué? Aquí llega el chiste que nadie quiere admitir que es chiste. Cambiarán nombres, intercambiarán sillas, reciclarán discursos con la misma convicción plástica de siempre. El sucesor de Jeri, sale del mismo vivero político que nos promete renovación desde hace décadas, como esos productos “nuevos y mejorados” que solo cambian el envase. Esperar resultados diferentes con la misma clase política es fe, pero de la mala, no un análisis sesudo e inteligente.
La responsabilidad se diluye en el aire como perfume barato. Padres, profesores, entorno, partidos, electores: todos señalando, nadie asumiendo. Pero la política no es un meteorito que cae del cielo; es una construcción social. Nuestros líderes no aparecen, se fabrican. Con incentivos, con tolerancias, con silencios estratégicos. Con esa peligrosa costumbre nacional de normalizar lo que ayer nos escandalizaba.
Jeri no es solo un nombre censurado. Es un síntoma ruidoso de una enfermedad silenciosa: la resignación cívica, pero los peruanos no solo debemos resignarnos, sino tenemos que tener esa capacidad de indignarnos y ser muy resilientes. No podemos habituarnos a sobrevivir a la decepción, a administrar la frustración, a convivir con todo lo malo de la política. Nos indignamos como acto reflejo, pero votamos como acto repetitivo, por los mismos se siempre y eso ahora tiene que cambiar.
Es hora —dicen muchos— de cambiar todo para bien. Pero cambiar no es rotar apellidos ni rejuvenecer fotografías de campaña. Cambiar es reestructurar bases sólidas y columnas vertebrales, es alterar reglas, culturas, incentivos, tolerancias. Cambiar es dejar de premiar la astucia vacía y empezar a exigir competencia con ética. Con esta nueva experiencia de Jeri, es hora de hacerlo, es hora de un verdadero cambio generacional de nuestra clase política.
El país está otra vez frente al espejo. Puede retocarse el maquillaje institucional o atreverse a la cirugía democrática. La pregunta ya no es quién caerá mañana, sino cuántas veces más aceptaremos levantarnos en el mismo lugar. Porque los países no se hunden por falta de talento, sino por exceso de costumbre. Y toda costumbre, incluso la más tóxica, puede romperse. Es hora de romper ese maleficio, de los mismos de siempre, haciendo lo mismo de siempre.
Si existe voluntad, si existe memoria, si existe ciudadanía, los peruanos estamos llamados a hacerlo, es hora de desterrar a toda la clase política gobernante, el cambio empieza hoy y todos tenemos que ser parte de ese generacional en el Perú.

