[OPINIÓN] JAIME BEDOYA: “GANARLE A CHILE”

Cuando aún no se usaba el término ‘empoderada’ como recurso de género, mi abuela ya era una mujer potente. Alta, grande, intimidante, creció acostumbrada a gestionar siete hijos varones y un buen esposo, algo pequeño, un pan de Dios.

Ella, que se llamaba Clementina, manejó más de seis horas embarazada y con fuente rota para dar a luz. Su esposo, pan de Dios, estaba demasiado nervioso como para conducir.

Clementina descubriría poseer una virtud fisiológica que también era un problema, la longevidad. Al quedar viuda se vino a vivir con nosotros. Ya con todas las batallas ganadas, reveló un perfil vulnerable: se desvivía por su primer nieto varón. La ruleta genética tuvo el honor de conferirme el honor de ser el destinatario de ese afecto compensatorio.

Su tardía dulzura, si bien le costaba, era honesta y sólida. Tenía tres maneras de canalizarla. Dos de ellas tiernas y consideradas, la tercera no tanto.

Con su don de mando intacto se las agenciaba para tener siempre en su cajón una caja de Sublimes. Entonces pasaba a saludarla y su mano temblorosa me daba un chocolate por lo bajo como si fuera un obsequio prohibido. Las caries y esas cosas.

Otros días, los menos, en vez del chocolate ofrecía unas monedas o un billete verde de cinco soles, cuando estos existían. Con risa traviesa decía: “Es para que le invites algo a una chica, lo cual sonaba inexplorado para un niño de siete años”.

Su afecto más conflictivo, y el más enfático, tenía que ver con los vecinos. La casa colindaba con la residencia del embajador chileno en Lima. Ella los veía desde la ventana de su pequeño cuarto. Su mensaje urgente filtrado entre chocolates y propinas era clarísimo: nunca confíes en los chilenos.

Antes de mudarse con nosotros ya me había dado alguna pista de su animadversión. Mi abuelo agonizaba conectado a tubos y me decían que quería despedirse de mí. Asustado por ese misterio desconocido, evadí ir a verlo. Entonces ella se apareció con un libro que él quería darme, o ella quería que él me diera: las memorias de Andrés Avelino Cáceres. Él persiguió a los chilenos hasta que se fueron, recalcó mientras me hacía explorar mentalmente las láminas Huascarán en busca del significado de esa antorcha.

Las tardes que conversaba con ella hablábamos del clima o de la quema de Chorrillos, un tema habitual. Esos parques de Miraflores no son parques, son santuarios, decía refiriéndose a la resistencia de Lima. Pero lo más contundente de su mensaje llegaba cuando, al recibir una roja y apetitosa manzana, luego de auscultarla, preguntaba si era chilena. Si la respuesta era positiva, con la misma mano temblorosa cogía la fruta y la lanzaba por la ventana hacia los vecinos. Caía en territorio legalmente extranjero con un golpe seco. En ese techo vecino había decenas de manzanas pudriéndose. Un día tocaron el timbre y hubo que darles una explicación inverosímil basada en la Ley de Newton y los temblores.

Leal a esta influencia, fui ajeno a confraternizar con la hermana república del sur hasta más o menos los 30 años. No tomaba vino chileno bajo ninguna consideración. Hasta que una casualidad laboral me sorprendió con un viaje a Chile y dije ‘conozcamos al enemigo’.

La fortuna, le agradezco, hizo que cayera en las buenas manos de Pablo Rosenblatt, un científico que, al percibir mi carga de prejuicio y antipatía por su país, me dijo ‘te recojo mañana a las 6 a.m.’. Al día siguiente me llevó a un modesto colegio público en una zona pobre de Santiago.

Con todos los niñitos formados para el ceremonial de rigor, el día escolar empezó cantando el himno nacional del Perú. Y recién después, el chileno. Miré a mi anfitrión, desconcertado.

La respuesta era simple. Mira, me dijo, nosotros podemos haber ganado la guerra hace doscientos años. Pero ustedes han ganado la paz. Miles de peruanos llegaron a Chile huyendo de la crisis y violencia. Ustedes trajeron con ustedes sus especies y comidas, y con las jóvenes peruanas que entraron a trabajar a casas chilenas, llegó esa comida a nuestros hogares. Eso no solo era comida. Era una civilización. No hay nada más íntimo y potente que la ingesta. Nosotros hemos saboreado y nos hemos nutrido de Perú.

De igual manera, a esas peruanas que trabajaron en hogares chilenos les dimos a cuidar lo más valioso que tenemos: nuestros hijos. Y lo hicieron con cariño y detalles que no conocíamos, enseñándonos palabras y gestos que nosotros, insulares emocionales, desconocíamos. Nos hicieron mejores. Ya no te pelees, peruano; ustedes ganaron.

Hmm. Sí y no. Hemos ganado respeto y consideración. El pisco es peruano. La chirimoya es peruana. Lucho Barrios es peruano. Algún día el Huáscar se hundirá solo, con dignidad. Pero mientras tanto, señor Reynoso, no se le ocurra perder ese partido en Santiago la próxima semana. Usted, que los conoce cuando aún no habían digerido lo que somos, sabe por qué.
Fuente: Perú21

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