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BALCÁZAR: “EL NUEVO PEÓN DEL PACTO Y LA MAFIA CONGRESAL”

Por: Jaime Bautista Aquino

En Palacio hay un nuevo «peón intercambiable». En el Congreso, muchos hilos. Y entre ambos, un país que observa con la paciencia agotada, en medio de lluvias, huaicos y un clima de galopante inseguridad.

Mientras Balcázar, convertido en el nuevo «tonto útil» del pacto infame que gobierna desde el Congreso posa para la foto, el verdadero drama parece representarse en otro escenario. No en los salones dorados, sino en los pasillos donde se negocia sin cámaras, donde los discursos incendiarios mutan en apretones de mano discretos, donde el insulto público convive con la coincidencia privada.

La narrativa oficial es conocida: derecha contra izquierda, patriotas contra comunistas, orden contra caos. Una coreografía repetida hasta el cansancio. Se gritan en el hemiciclo, se acusan en la prensa, se despedazan en redes. Pero el ciudadano, cada vez menos ingenuo, empieza a sospechar que buena parte del espectáculo es eso: espectáculo.

Los antagonistas perfectos se necesitan mutuamente. El miedo es rentable. El enemigo ideológico es útil. La polarización es negocio. Y en medio de ese teatro, Balcázar parece más símbolo que conductor, más figura decorativa que eje de poder. Más servil que gobernante.

No es una acusación jurídica —eso corresponde a jueces y fiscales—, sino una percepción política que se instala en la conversación pública: la sensación de que el país no se gobierna desde donde debería, de que el mando se diluye entre pactos invisibles y equilibrios calculados. Todo con un solo objetivo, enquistarse en el poder.

Quizás la pregunta incómoda no sea quién manda, sino para quién se manda. Porque cuando la política se convierte en un ajedrez permanente, los ciudadanos dejan de ser representados y pasan a ser piezas. Peones silenciosos en un tablero donde siempre juegan los mismos.

Y allí aparece la fatiga colectiva. No la indignación estridente, sino algo más peligroso: el desgaste. La convicción de que los nombres cambian, pero las dinámicas persisten. Que los discursos se reciclan. Que las promesas envejecen mal.

Sin embargo, el Perú tiene una costumbre saludable: sobrevivir a sus élites.
Más allá de presidentes frágiles, congresos beligerantes y alianzas tácticas, hay un país que sigue funcionando por pura inercia social.

Emprendedores que trabajan, jóvenes que estudian, familias que resisten. Un Perú real que rara vez coincide con el Perú político.

Tal vez por eso, cada ciclo electoral empieza a cargarse de una expectativa distinta. No el simple cambio de rostros, sino algo más profundo: el deseo de romper la lógica del eterno enfrentamiento teatralizado.

No es rabia. Es hartazgo lúcido.

Porque el Perú —ese que madruga, paga impuestos, soporta crisis, inventa soluciones— es, efectivamente, más grande que sus problemas. Y, sobre todo, más grande que sus repartijas.

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