Por: Roice Zeballos Rivadeneyra
A lo largo de los años, la misma pregunta se repite con frecuencia: ¿es posible redistribuir el canon minero para beneficiar a distritos o provincias que reciben poco o casi nada? Un análisis frío y realista nos lleva a la misma conclusión desde hace más de 25 años, cuando el Congreso de entonces promulgó la ley que rige la distribución del canon en el país.
Desde su origen, esta norma estableció que las regiones donde se explotan recursos naturales no renovables deben ser las principales beneficiarias. Cambiar ahora esa estructura legal resulta sumamente difícil, por varias razones.
Uno de los factores determinantes fue la densidad poblacional. En el caso de Ilabaya, por ejemplo, al ser considerada zona de influencia directa, recibe un porcentaje adicional. Sin embargo, casos como el del distrito Gregorio Albarracín en Tacna —que no es zona de influencia minera— llaman la atención por el alto presupuesto que reciben por concepto de canon. Lo mismo ocurre en Moquegua con el distrito de San Antonio. Esto evidencia una distribución que, a todas luces, puede parecer injusta y que debería ser revisada. Sin embargo, dicha tarea solo podrá abordarse con seriedad en un próximo Congreso con estructura bicameral.
DIECIOCHO PROYECTOS DE LEY QUE DUERMEN EL SUEÑO DE LOS JUSTOS
Actualmente existen 18 proyectos de ley en el Congreso que buscan modificar la distribución del canon minero. Pero ninguno ha prosperado. ¿La razón? Modificar la ley es, en palabras populares, como “desvestir un santo para vestir a otro”. Es decir, para beneficiar a unos, hay que quitarle a otros.
Distritos como Ilabaya, Ite, Locumba o Gregorio Albarracín reaccionarían con fuerza si se intenta tocar lo que consideran un derecho adquirido. “No me van a arrebatar mi canon, lo defenderemos con todo”, repiten alcaldes y dirigentes. Esa es la constante: nadie está dispuesto a ceder ni un sol, y el resultado es que cualquier intento de redistribución termina estancado.
Cualquier propuesta de quitarle presupuesto a un distrito para darle a otro genera reacciones inmediatas: marchas, paros y movilizaciones. Esa es, en resumen, la razón por la cual ningún proyecto de redistribución del canon ha prosperado en los últimos 15 años.
Hay, además, casos que evidencian profundas contradicciones. El distrito de Gregorio Albarracín, por ejemplo, recibe cuantiosos recursos sin ser zona de influencia directa. Su actual alcalde, Niel Zavala, ha expresado críticas hacia la minería, pero no duda en recibir millonarias transferencias por canon. ¿Estaría dispuesto a compartir esos recursos con provincias como Candarave o Tarata? Lo más probable es que no.
¿Sin canon, se habrían hecho tantas obras?
La gran pregunta que queda en el aire es: sin canon minero, ¿los municipios habrían alcanzado su actual nivel de desarrollo? La respuesta parece evidente.
Antes del 2004, cuando aún no existía este sistema de transferencias, distritos como Ilabaya eran extremadamente pobres. Su municipalidad apenas tenía tres trabajadores: el alcalde, la secretaria y un conserje. El local edil era una construcción de adobe y quincha que se caía a pedazos. Ite y Locumba estaban en condiciones similares, con solo cinco o seis empleados. Gregorio Albarracín, cuando aún era centro poblado menor, contaba con apenas 10 trabajadores.
En esos años, los alcaldes tenían que viajar a Lima con expedientes bajo el brazo, tocando puertas en los ministerios para conseguir algún mísero presupuesto. Esa era la realidad.
Hoy, gracias al canon minero, esos municipios cuentan con miles de trabajadores, flotas de maquinaria, infraestructura moderna y presupuestos que superan con creces a los de hace dos décadas.
¿Dónde está el dinero?
Desde que comenzaron las transferencias por canon y regalías mineras en 2004 hasta la fecha, Tacna ha recibido casi 10 mil millones de soles. Con esa cifra, se habrían podido construir 20 hospitales modernos como el proyectado Hospital Unanue, 8 carreteras de gran envergadura como la Tacna–Collpa–La Paz, 10 vías como la doble pista a Boca del Río, o 50 colegios emblemáticos como el FAZ o el Bolognesi.
La pregunta final es inevitable: ¿Dónde está toda esa plata?

