Por: Jaime Bautista Aquino
A pesar de la inestabilidad política, la economía ha aprendido a caminar incluso cuando la política tropieza, como el sector minero. Con la llegada de Hernando de Soto al premierato, es un garantía de estabilidad en el tiempo a todos los sectores productivos del país.
Gobiernos efímeros, crisis recurrentes, tensiones permanentes. Y, sin embargo, los sectores productivos han seguido empujando el carro nacional, muchas veces en silencio, muchas veces a pesar del ruido. La minería, en particular, ha mantenido su papel de columna vertebral: exportaciones sólidas, ingreso de divisas, empleo de alta productividad, canon y regalías mineras que continúan alimentando las arcas públicas.
Los números cuentan una historia menos estridente pero más reveladora. Mientras la incertidumbre política desgasta titulares, el canon y las regalías mineras siguen creciendo, sosteniendo presupuestos regionales, financiando infraestructura, permitiendo obras que, bien ejecutadas, pueden transformar territorios enteros.
La paradoja es evidente: la estabilidad económica muchas veces ha resistido gracias a sectores que operan bajo reglas que la propia política amenaza con desordenar.
Porque la inversión —y especialmente la minera— no vive de discursos, sino de certezas. Reglas claras, estabilidad jurídica, previsibilidad institucional.
No es una demanda ideológica; es la condición mínima para proyectos que requieren miles de millones de dólares y horizontes de décadas. Cada mensaje ambiguo desde el poder, cada señal contradictoria, cada crisis innecesaria encarece el riesgo país y enfría decisiones estratégicas.
El nuevo premier De Soto enfrenta, en ese contexto, una responsabilidad que trasciende la coyuntura política: devolver tranquilidad. No a los mercados abstractos, sino a los inversionistas concretos que evalúan si Perú sigue siendo un destino confiable. La señal que emita su gestión puede marcar la diferencia entre capital que llega o capital que migra.
El país no necesita descubrir nuevos motores de crecimiento; ya los tiene. Minería, agroexportación, industria, energía. Lo que necesita es algo más básico y más escaso: estabilidad política suficiente para que la economía no tenga que sobrevivir, sino prosperar. Si los sectores productivos han crecido pese a la inestabilidad, la pregunta inevitable es incómoda: ¿cuánto más podría crecer el Perú si la política dejara, por una vez, de ser el principal factor de riesgo?

