Por Pulso 2026.
La última encuesta de Datum Internacional no solo mide intención de voto. Es, sobre todo, un termómetro del estado de ánimo del país. Y el mensaje es tan claro como inquietante: el Perú quiere orden, autoridad y control, pero no confía plenamente en ninguna opción política para alcanzarlos.
Que más del 50 % de los peruanos prefiera un presidente con el perfil de Nayib Bukele no es un dato anecdótico. Es el reflejo de un país agotado por la inseguridad, el crimen organizado y la ausencia de un Estado eficaz. El ciudadano ya no está pidiendo discursos ni consensos interminables; está pidiendo resultados, aunque ello implique estilos de gobierno más duros.
Sin embargo, esa preferencia por el “tipo de presidente” no se traduce en una decisión electoral concreta. La intención de voto presidencial sigue atomizada y el dato más revelador es que más del 40 % del electorado aún votaría en blanco, viciado o simplemente no sabe por quién hacerlo. El problema ya no es solo la falta de liderazgos sólidos, sino una crisis profunda de confianza.
El escenario es aún más preocupante cuando se analiza la tendencia para el Senado. Ningún partido logra consolidarse y los niveles de rechazo e indefinición superan ampliamente a las adhesiones. El mensaje es claro: el ciudadano no cree en los partidos políticos, no los percibe como solución y los responsabiliza del deterioro institucional.
Estamos así frente a una paradoja peligrosa: un país que demanda mano firme, pero que desconfía del sistema democrático que debería canalizar esa demanda. Ese vacío es terreno fértil para el caudillismo, la improvisación y las salidas autoritarias sin institucionalidad.
Y todo esto ocurre cuando el calendario avanza. Las elecciones generales están programadas para el domingo 12 de abril de 2026, y a estas alturas nada está claro: no hay favoritos sólidos, no hay proyectos políticos convincentes y no hay partidos capaces de representar con credibilidad el hartazgo ciudadano.
La encuesta de Datum no anuncia ganadores. Lanza una advertencia. Si la política tradicional no logra reconstruir confianza, explicar cómo dará seguridad sin destruir la democracia y ofrecer equipos antes que caudillos, el 2026 no será una elección de propuestas, sino una búsqueda desesperada de orden, sin saber a qué costo.
El Perú no solo quiere un presidente fuerte.
Quiere un Estado que funcione.
Y hoy, cuando faltan apenas tres meses para las elecciones, el país sigue sin una respuesta clara ni un rumbo definido.

